Cuando me tocó gestionar el proyecto de Futsal en el Club Don Bosco en San Rafael, Mendoza, el verdadero desafío fue cultural. Don Bosco es un club con una impronta social enorme. No teníamos los presupuestos de los grandes clubes, ni infraestructura de última generación. Pero nos propusimos algo: si queríamos competir al más alto nivel, necesitábamos una cultura que supliera cualquier falta de recursos materiales.

La cultura no es el escudo que llevás en el pecho; es lo que hacés cuando nadie te está mirando.

En el club, la cultura se construía en los hábitos cotidianos:

  • En el jugador que terminaba de entrenar y se quedaba a barrer la cancha.
  • En el respeto absoluto por el horario y el esfuerzo del compañero.
  • En entender que el utilero, el cocinero y el jugador estrella tenían la misma importancia en el proceso.

No nos enfocamos en exigir el resultado; nos enfocamos en construir pertenencia. Cuando lográs que tu gente sienta que el proyecto es su casa, el compromiso deja de ser una obligación impuesta y pasa a ser un orgullo propio. El éxito deportivo terminó llegando, pero fue la consecuencia lógica de los valores que sembramos primero.

Llevo este aprendizaje al mundo de las empresas y veo un error que se repite constantemente. Muchos directores me dicen: "Pablo, la gente no tiene puesta la camiseta, hacen el mínimo esfuerzo y se van".

Cuando mirás adentro, descubrís que esa empresa tiene los "valores institucionales" pegados en un cuadro hermoso en la recepción, pero la realidad del día a día es una trinchera de egos, falta de reconocimiento y líderes que solo hablan para exigir la planilla del mes.

Muchos confunden "Cultura" con poner una mesa de ping-pong o dar un beneficio corporativo.

La cultura organizacional no se compra en el supermercado. Se diseña y se modela con el ejemplo diario. Si tu equipo siente que es solo un número para llegar al objetivo, va a rendir como un número. Pero si construís un entorno basado en la confianza, donde el error es una oportunidad de aprendizaje y cada uno entiende el impacto de su trabajo, el rendimiento se dispara solo.

Para transformar la cultura de tu organización, aplico tres reglas de oro:

  1. La coherencia es la moneda del líder: El ejemplo arrastra, las palabras no. Si pedís compromiso pero sos el primero en desentenderte de los problemas de tu gente, la cultura se quiebra de arriba hacia abajo.
  2. Pertenencia antes que exigencia: Nadie cuida lo que no siente propio. Involucrá a tu equipo, escuchá sus ideas y hacelos parte del diseño del proceso.
  3. Celebrar las asistencias, no solo los goles: Si solo premiás al que cierra la venta más grande pero ignorás al que apoya, al que colabora y al que sostiene el clima del grupo, estás incentivando el individualismo, no el equipo.

Los campeonatos y los objetivos comerciales se ganan en la cancha, pero se empiezan a gestar en el vestuario.

¿Qué define hoy la cultura de sus organizaciones? ¿El cuadro prolijo de la recepción o el comportamiento real del vestuario?